Esclareciendo el término del “sin techo”

La cadencia de la vida, el día a día, la rutina de cada cual, el ritmo que elegimos o nos elige a nosotros mismos, o a los que nos rodean, o los ambientes laborales que abrazamos como irremediablemente nuestros, con frecuencia nos hacen perder la verdadera naturaleza humana, el auténtico sentido de la vida, la esencia de lo verdaderamente importante.

Es frecuente que nos acabemos dando cuenta que estamos equivocados per se, o que abrazamos el trabajo erróneo, o que habitamos en un entorno tóxico, o en la dirección completamente distinta de adonde queremos ir, cuando un bajón psico-emocional o laboral nos sacude. Tal vez cuando la pérdida de alguien muy cercano nos invade y destruye esa falsa seguridad con la que pergeñamos la rutina, la constancia aprehendida, o simplemente nuestros días.

En mi caso fue la caída -picado en barrena- de mi fulgurante carrera periodística, unida a la pérdida física de mi abuelita con 99 años, la que fuera como mi segunda madre, y mi mejor amiga. Ambas cuestiones me pusieron en el camino de darme cuenta de dónde me hallaba, de hacia dónde quería ir, y me enarbolaron la conciencia selectiva de perder poco a poco, y de manera gradual, los frágiles nexos con los demás. Te das cuenta que en momentos duros solo unos pocos te escuchan, no digamos ayudarte. Es lamentable y triste darse cuenta de que esa cohorte de aduladores y de pelotas sociales, solo estaban cerca por convencionalismo social, por interés, o por puro postismo. Es repugnante darte cuenta de todo eso. Lo es. Triste, muy triste.  Vivimos engañados, nosotros mismos nos auto-engañamos, nos auto-convencemos de que pervirtiendo el lenguaje –llamando “amigo-a” al simplemente “conocido-a”, por poner un manido ejemplo, nos seduce los oídos.

Una de las preguntas más habituales de aquella gente perteneciente a la cohorte morrallesca de aduladores/as, con frecuencia lo son casi todos, es: ¿Cómo has llegado hasta ahí?, ¿Porqué te ha pasado eso?... En vez de no perder un minuto con excusas y convencionales preguntas estériles, y hacerte la pregunta de ¿cómo puedo ayudarte, querido/a amigo/a?, ellos vuelven erre que erre al dislate y la disculpa (auto-excusa), para limpiar así transitoriamente sus conciencias y poder seguir con el teatrillo social banal que tanto daño sigue causando, que tanta desafección acarrea, que tanta desigualdad entraña, que tanta sin razón oculta.

En vez de preguntarle a alguien con necesidades o a un homeless – o sin techo- o pobre conocido, o persona en desaliento y en precario, ¿qué te ha pasado?, por favor, que tu cinismo no sea cataclismo mezquino, pregúntale: ¿En qué puedo ayudarte?

 Editorial Versos y Reversos esta ayudando a l@s #HomelessEntrepreneurs dándoles una voz a traves de un libro que se llama "12 conversaciones" que se publicará el día de Sant Jordi en 2019.

Editorial Versos y Reversos esta ayudando a l@s #HomelessEntrepreneurs dándoles una voz a traves de un libro que se llama "12 conversaciones" que se publicará el día de Sant Jordi en 2019.

¿Qué ha hecho tan mal toda una sociedad para procurar tanto dolor de unas personas que solo aman a los demás por encima de ellas mismas? Porque no dudes que el sin techo, el homeless, el pobre, el humilde de calle, ama al mundo por encima de todas las cosas, expone al globo su preciosa y buena energía humana, dedicándole a las calles la soledad y pureza de su alma, compartiendo su cansancio por una realidad tan distante de derechos humanos, de leyes absurdas que campan por los tratados, constituciones y gabinetes de poder sin otra pretensión que mal justificar aquello que no sucede…

Ya saben, las leyes suelen ir muy por detrás de las sociedades, y en el campo de los sin techo, todas las sociedades repiten en no actuar, en dejarlo estar, en no abordar el problema institucionalmente, mientras superfluos gastos colectivos, como el militar, o el de publicidad institucional, o tantos y tantos otros, se siguen robando para ellos la dignidad de millones de personas que sufren en la calle, como maniquíes inmóviles de escaparates asiduos de las ciudades y pueblos, como mudos testigos del frenesí que les arranca la simple mención de amor, no digamos de protección o garante de sus derechos.

A todos aquellos que ya ayudáis y dais cariño,  u os interesáis de corazón, de forma genuina, os recuerdo, y os agradecemos lo que hacéis. Seguid siendo ejemplo para que cunda, y toque las conciencias de todos aquellos que tristemente nos siguen olvidando.

¿Acaso se acatan en España los derechos de trabajo digno y vivienda propia, por mentar dos, que en –por ejemplo- la Constitución se proclaman a los cuatro vientos? No se respetan, ni siquiera los políticos mentan a los sin techo, ni siquiera los periodistas preguntan en ruedas de prensa por las acciones pertinentes que se van a acometer para sacarlos de las calles.

Hasta la sociedad cruel, distante, desigual, injusta, podrida, decadente,…ha inventado un término- palabro para definir a aquellos que “sufren” del mal de temer al pobre, al indigente; “Aporofobia” (del griego á-poros o indigente, pobre, sin recursos y fobos o miedo); no me trago que se haya inventado para dar nombre “clínico” a aquella fobia humana que menta el miedo a caer en desdicha social, en desgracia social.  Sintomático, ¿no creen?

Fobias aparte, párate a hablar con el sin techo, pregúntale qué necesita, qué le hace más falta en ese momento, reúnete con las personas de tu calle y comunidad y sacad a los que podáis de las calles; porque detrás de cada media sonrisa en la calle, detrás de cada ropa desgajada, detrás de cada cartel pidiendo ayuda, detrás de cada sin techo, detrás de cada persona mendigando, hay un ser humano con una historia, con una vida, que como la tuya, puede salvarse, truncarse o potenciarse solo si los demás ayudan.

 

Redactado por Emilio López-Carrasco Cañada el día 19 de agosto de 2018.

Es un #HomelessEntrepreneur que es periodista y profesor viviendo en Torrelles de Llobregat. 

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